SofĂ­a

Publicado en: 2012-10-09

Son las 3.00 de la tarde de un martes cualquiera, de una semana cualquiera. A esa hora, como todos los martes, Sofía ha dispuesto en la sala de su casa los asientos para recibir a las mujeres de su vereda y de otras veredas cercanas. A veces llegan 12, otras, 15, y cuando hay jolgorio el número de participantes aumenta, incluso pueden llegar 30. Ellas saben que Sofía no deja pasar desapercibidas la fiesta de la madre, en el mes de mayo, o la del amor y la amistad en septiembre. Saben que les ofrecerá un trago de vino con galletas, vino de feijoa o de mora que preparan las monjitas en el Monasterio de la Visitación de Pensilvania. Igualmente saben que comerán natilla, empanadas, o arroz de leche que Sofía habrá hecho preparar de sus sobrinas. Porque los buñuelos sí los amasa ella, puesto que si deja la tarea en otras manos “los buñuelos no crecen” o “chupan mucho aceite” y, definitivamente, no quedan buenos.

Puntualmente van llegando las mujeres, solas o en grupos de dos o tres. Después del acostumbrado saludo viene el intercambio de información sobre la familia: “que cómo sigue el enfermo”, “que si tuvieron los recursos para visitar al médico”, “que si el esposo, o el hijo consiguió, trabajo esa semana”, “que si habló con la hija que trabaja en la ciudad”, en fin…

 

A continuación todas toman asiento y Sofía entona una primera oración. Cada una de sus plegarias es respondida por todas las presentes con una fórmula que aprendieron hace ya mucho tiempo. En seguida Sofía da lectura a un texto de la Biblia que ha seleccionado en los días anteriores, y lo explica, mientras las mujeres escuchan con atención. Algunas intervienen y hacen también sus comentarios. Vienen nuevos rezos, acompañadas de cantos y peticiones por la solución a sus problemas.  Terminada la actividad las participantes se despiden y regresan a sus casas. Algunas de estas mujeres han caminado más de una hora para participar en el “grupo de oración”, que es como se denomina este ritual, el cual se viene celebrando el mismo día, a la misma hora, en el mismo sitio, hace más de diez años.

 

Hasta aquí no hay nada extraordinario que pueda llamar la atención del lector. Un grupo de creyentes, mujeres, campesinas, madres de familia, algunas cabezas de hogar (debido a que son madres solteras o a que el esposo abandonó el hogar), que se reúnen para una celebración ritual. Pues bien, lo que sorprende a quien tiene la oportunidad de observar esta reunión, es que la anfitriona, Sofía, es una anciana cuya edad se acerca a los 100 años. En efecto, Sofía nació en 1915, en una familia de migrantes antioqueños llegados a Pensilvania, al oriente del hoy departamento de Caldas en Colombia, buscando una parcela para sobrevivir. Octava entre doce hermanos, tenía sólo cinco años cuando murió su padre, quedando la madre a la cabeza de la familia. De ella aprendió el valor para enfrentar los retos de la vida. Estudió hasta tercero de primaria y cuando tenía cerca de 20 años, a petición de los vecinos, se convirtió en la primera maestra de la vereda. Lectora de libros religiosos, de los escasos periódicos y revistas y de algunos cuentos y novelas que sus hermanos llevaban a la casa. De malas en el amor, no encontró el hombre de su vida y prefirió la soltería.  A la muerte de su madre quedó encargada de dirigir el hogar compuesto, además, por dos de sus hermanas y un hermano. Hoy sobrevive a todos sus hermanos y a pesar de sus problemas auditivos y algunas dificultades para caminar,  conserva una lucidez mental envidiable. No tiene una pensión por lo cual depende de sus sobrinos. Todo lo que recibe lo comparte sin carecer jamás de lo necesario. Su consigna es servir. Visita a los vecinos, se informa de sus necesidades más apremiantes y  busca prestarles su colaboración. Recibe a los visitantes y procura atenderlos, ofreciéndoles palabras afectuosas,  voces de aliento y gestos de cariño.

 

Observar a Sofía y la vida que lleva remite a pensar en lo que la Corte Constitucional de Colombia definió como atributos de la dignidad humana en la que distinguió  tres aspectos:  1) autonomía de la persona, 2) conjunto de condiciones materiales de existencia y 3) intangibilidad del cuerpo y del espíritu, es decir, integridad física y moral. Estar próximo a cumplir 98 años y poder decidir sobre su quehacer cotidiano, teniendo las condiciones materiales y espirituales para hacerlo, podría decirse sin discusión que equivale a “envejecer con dignidad”.

 

Otro asunto es saber si un tipo de vida como el de Sofía corresponde a lo que entidades internacionales como la Organización Mundial de la Salud define como envejecimiento activo y para el cual considera tres dimensiones básicas: 1) Salud, entendida como bienestar físico, mental y social; 2) Participación, de acuerdo con las capacidades, las necesidades y los deseos de las personas, tanto en el ámbito individual como colectivo, y 3) Seguridad, es decir, el acceso a la seguridad social, a la atención y a los cuidados de las personas viejas que requieren asistencia.

 

De cara a este tema del envejecimiento activo tendríamos que decir, que tanto el Estado como la sociedad están en deuda con Sofía. En efecto, es poco o casi nada lo que el Estado ha hecho por ella, como por la mayoría de personas viejas de Colombia, especialmente si son mujeres y, además, campesinas. Aquí la conclusión parecería ser que a mayor refinamiento del discurso sobre los derechos de las personas viejas, menos son las acciones que se ejecutan para garantizar esos derechos.

 

Sofía, entre tanto, sigue en su casa, sin afanes, esperando cada martes para recibir a sus compañeras del “grupo de oración” y compartir con ellas, sus conocimientos,  sus creencias, su fe en la vida, su esperanza de volverlas a encontrar el otro martes. Seguramente hoy tiene un pensamiento, acerca de la vida, diferente al que dejó plasmado en este poema escrito en su juventud, ante la muerte de una de sus cuñadas:

 

¿Qué es el mundo mirado hasta su fondo?

Un horrible correr de desengaños.

¿Qué es la vida, mirada ante la tumba?

Solo ilusiones y tras ellas vamos.