La vejez, ¿otra víctima más de los daños colaterales?

Publicado en: 2012-04-30

 

Daños colaterales Desigualdades sociales en la era global (México: Fondo de Cultura Económica. 2011) es el libro más reciente del sociólogo polaco Zygmunt Bauman un hombre que a sus 87 años continúa estudiando los problemas sociales del mundo contemporáneo. De acuerdo con el autor, la expresión daño colateral fue introducida hace poco tiempo en el argot militar para referirse a los efectos no intencionales ni planeados de los operativos militares. 

 

 

Calificar de ‘colaterales’ a ciertos efectos destructivos de la acción militar sugiere que esos efectos no fueron tomados en cuenta cuando se planeó la operación y se ordenó a las tropas que actuaran; o bien que se advirtió y ponderó la posibilidad de que tuvieran lugar dichos efectos, pero, no obstante, se consideró que el riesgo valía la pena, dada la importancia del objetivo militar.

 

Para Bauman esta segunda posibilidad es mucho más probable, dado que quienes ponderan el riesgo no son los mismos que sufrirán las consecuencias. De ahí que muchos de los que imparten las órdenes se empeñan después en sustentar la tesis de que su intención no era poner en riesgo la vida de otras personas, pero, a la vez afirman que “no se puede hacer una tortilla sin romper huevos”. Esto significa, añade Bauman, “que alguien ha usurpado o ha logrado que se le legitime el poder de decidir qué tortilla freir y saborear, qué huevos romper y que los huevos rotos no sean los mismos que saboreen la tortilla…” En la base de la teoría de los daños colaterales está, añade Bauman, una desigualdad ya existente de derechos y oportunidade”, puesto que se “acepta a priori la distribución desigual de los costos que implica emprender una acción (o bien desistir de ella”.

 

Bauman retoma el concepto de daño colateral para aplicarlo a lo que sucede actualmente a millones de seres humanos que son privados de los derechos fundamentales sin que esa situación despierte la más mínima preocupación en los gobernantes. Esta porción de la población, situada en el extremo inferior de la escala social por efecto de la distribución social de riquezas e ingresos, es agrupada bajo la categoría imaginaria de ‘clase marginal’, una congregación de individuos que, a diferencia del resto de la población, no pertenecen a ninguna clase, y, en consecuencia, no pertenecen a la sociedad. Profundizando en lo que entiende por ‘clase marginal’, Bauman, afirma que dicha expresión no hace referencia a una función dentro de la sociedad, como sería el caso de la clase trabajadora o la clase profesional. Tampoco denota una posición social, como cuando hablamos de clase alta, baja o media. Su único significado es el de quedar fuera de cualquier clasificación significativa.

 

La clase marginal puede estar ‘en’ la sociedad, pero claramente no es ‘de’ la sociedad. No contribuye a nada de lo que la sociedad necesita para su supervivencia y su bienestar; de  hecho, la sociedad estaría mejor sin ella […]  en pocas palabras, esta clase es un cuerpo extraño que no se cuenta entre las partes ‘naturales’ e  ‘indispensables’ del organismo social […] no se diferencia mucho de un brote cancerígeno, cuyo tratamiento más sensato es la extirpación, o en su defecto, una confinación y/o remisión forzosas, inducidas y artificiales.

 

 Una de las dimensiones más drásticas e impactantes de la desigualdad social es “la posibilidad de convertirse en ‘víctima colateral’ de cualquier emprendimiento humano”, por nobles que sean sus propósitos, dice Bauman, y añade: esta posibilidad nos está indicando la nula o poca importancia que ocupa la desigualdad social en “la agenda política contemporánea”. Para él, bajas colaterales y desigualdad social, crecen cada vez más en volumen e importancia.

 

A estas conclusiones llega después de analizar la manera como ha ido despareciendo el Estado de bienestar, que él prefiere llamar Estado social, en el que primaba la seguridad colectiva, respaldada por la comunidad, en contra de la desgracia individual. Una sociedad en la que todos sus miembros eran “ciudadanos definidos e impulsados por su profundo interés en el bienestar y las responsabilidades comunes”, respaldados por “una red de instituciones públicas” que garantizaban la solidez y confiabilidad de la seguridad colectiva.  Este Estado de bienestar o Estado social, ha sido reemplazado por el impulso privatizador, expresión referida a “los modelos esencialmente anticomunitarios e individualistas, que promueve el mercado de consumo”, y ponen a los individuos  “en competencia recíproca”, destruyendo el entramado social y socavando los cimientos de la solidaridad humana. En la era presente el ámbito de la autonomía individual se expande, pero, de igual manera, cada individuo se ve obligado a asumir el peso de las funciones que antes se consideraron responsabilidad del Estado. Los Estados respaldan la póliza colectiva de seguros con escaso entusiasmo y creciente renuencia, y dejan en manos de los individuos el logro y la conservación del bienestar.

 

¿A qué vienen estas referencias a Bauman y las citas textuales de su  reciente libro?, ¿Qué relación tienen sus planteamientos con el envejecimiento y la vejez, temas de esta página?, ¿Cuál es su pertinencia en una época en la que la Organización Mundial de la Salud nos habla de “envejecimiento activo”, lo que implica, entre otras cosas, que los viejos tengan oportunidades laborales?, o, “cuando Naciones Unidas habla insistentemente de “una sociedad para todas las edades”?

 

Para responder a estos interrogantes conviene volver la mirada al fenómeno ampliamente reconocido del envejecimiento poblacional. Naciones Unidas en su Informe sobre el envejecimiento de la población mundial (2009), estima que de 737 millones de personas mayores de 60 años que hay en el mundo (10.8% de la población), se pasará, en al año 2050, a 2.000 millones de personas (22% de la población total). Dentro de 20 años el número de personas mayores de 60 años, será superior a los menores de 5 años. Con la desaparición del Estado de bienestar o Estado social es de prever que un gran número de estas personas entrará a engrosar la clase marginal de que nos habla Bauman. Más aún: para los países de la periferia no será necesario esperar hasta el 2050, pues sabemos que más del 20% de los mayores de 60 años carecen de una pensión que les garantice la subsistencia. Según la ONU más del 12% de los jóvenes de hoy está desempleado, cifra que corresponde al promedio mundial, pero es considerablemente mayor en los países de la periferia, en consecuencia, ¿qué suerte les espera a estos jóvenes cuando sean viejos?

 

Si, como afirma Bauman, la desigualdad social y económica va en aumento, es decir, cada día la riqueza se concentra en unas pocas manos y los pobres son cada vez más pobres y más numerosos, tendremos que concluir, que los viejos entrarán, cada vez más, a formar parte de esa clase marginal  y, en consecuencia sufrirán los daños colaterales de este modelo privatizador en que estamos inmersos.