Envejecer de otro modo

Publicado en: 2011-09-24

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, define el estereotipo como una “Imagen o idea aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable”. Cada sociedad, de acuerdo con su cosmovisión, establece unas maneras determinadas de reaccionar frente a las personas y a los distintos acontecimientos de la vida. Con el paso del tiempo estas maneras de ver y de actuar se van convirtiendo en códigos de conducta que los sujetos aprenden en su proceso de socialización y, finalmente, los naturalizan, aceptando que siempre han sido así. Incluso se crean mitos que le dan fundamento a esas visiones de la realidad, convirtiéndolas en algo inmutable.

Es lo que se puede observar en las concepciones sobre el transcurso vital: a cada etapa de la vida se le asigna una función específica: la niñez y la juventud son para aprender; la edad adulta para producir, y la vejez para el retiro y el descanso. Sólo se aprende cuando se es niño o joven. A su llegada a la edad adulta, se espera que el sujeto haya realizado los aprendizajes requeridos para desempeñarse en el mundo laboral. Y en la vejez, ya no hay posibilidad de aprendizajes nuevos, pero, sobre todo, no  hay para qué aprender, puesto que se está en el tramo final de la existencia.

 Es la perspectiva predominante en la Modernidad cuando el sujeto se define básicamente por su relación con el trabajo. El poder disciplinario que se instaura en este tipo de sociedad, distribuye el espacio y el tiempo con el objetivo de extraer de los individuos el mayor provecho posible. El tiempo es mensurable, ordenable y evolutivo, se divide en segmentos definidos que se distribuyen analíticamente y se suceden unos a otros. El uso del tiempo se racionaliza no sólo para la actividad productiva, sino también para la vida de los individuos. Como consecuencia de ello es posible prever el futuro y proyectarlo a mediano y largo plazo. Esta perspectiva permite a los sujetos certeza y estabilidad, garantizadas por un marco normativo que guía sus acciones. Así el sujeto tiene la posibilidad de planear su vida con la esperanza de disfrutar una vejez tranquila.

 Dejando a un lado la discusión sobre la posibilidad de los viejos, en nuestro país, de disfrutar de una pensión, parecería, entonces, que existe una única manera de envejecer. El viejo, una vez recorrido el camino y retirado de la actividad productiva, se convierte en el paradigma que las nuevas generaciones deben seguir, el modelo a imitar. Hay en esto una continuidad con las sociedades premodernas en las que los viejos son considerados auténticos depositarios de los saberes del grupo.   

 Esta manera de ver la vida corresponde a lo que la antropóloga Margaret Mead[1] denomina cultura  postfigurativa,  aquella en la que el futuro de niños y niñas está contenido por entero en el pasado de los abuelos. Una cultura en la que rige el convencimiento de que la forma de vivir y saber de los ancianos es inmutable e imperecedera.  Otro tipo de cultura, la cofigurativa, establece, según Mead, que el paradigma de la conducta de los individuos se encuentra en sus contemporáneos. En ella se introducen algunos cambios en las funciones atribuidas a los viejos. Pero hay un tercer tipo de cultura, la prefigurativa, cuyo origen sitúa la autora a finales de los años 60 del siglo pasado. En esta cultura los padres y, por supuesto, los abuelos, son reemplazados por los pares, ocasionando una ruptura generacional sin precedentes. Ya no son los abuelos, ni siquiera los padres, quienes constituyen la figura a ser imitada. Lo característico de esta cultura es la ausencia de modelos. En consecuencia, no hay paradigmas para el futuro. La heterogeneidad es la nota dominante y el aprendizaje se realiza a través de la exploración que los mismos sujetos hacen de la realidad, sin la mediación de los adultos.

 Estos tres tipos de cultura conviven y, si bien es cierto que aún existen sectores de la población donde el viejo sigue siendo visto como el depositario del conocimiento y la experiencia, esto es cada vez menos evidente en los grandes centros urbanos. El hecho predominante en las diferentes sociedades, es que las nuevas generaciones reclaman, de manera creciente, mayor autonomía y menor dependencia de los adultos en la solución de sus problemas.

Los planteamientos anteriores nos llevan a concluir, forzosamente, que se requiere un cambio profundo en la manera de asumir la vejez y el envejecimiento. En esta época del llamado capitalismo flexible no hay un modelo fijado de antemano al que el individuo deba someterse durante su transcurso vital, no hay un sujeto prefijado, ni explícitamente determinado. Por lo tanto, es necesario luchar contra los estereotipos acerca de la vejez y el envejecimiento, desnaturalizar las maneras como vemos el transcurso vital. Preguntarnos no sólo qué pensamos de la vejez y el envejecimiento, sino cómo y por qué llegamos a pensar de esa manera. Igualmente, preguntarnos si son posibles otras maneras de envejecer y de ser viejo, lo que, en últimas, equivale a preguntarnos si son posibles otras formas de vivir.

 

 

 



[1] Mead, Margaret. (1997). Cultura y compromiso. Barcelona. Gedisa.